viernes, 24 de marzo de 2017

"El golpe y los chicos" de Graciela Montes

"El Golpe y los chicos"


Fragmentos del libro “El golpe y los chicos” de Graciela Montes Editorial: Gramón-Colihue
Fecha original del artículo: Marzo de 2001
http://www.imaginaria.com.ar/04/8/montes.jpgEl golpe
Algunas personas piensan que de las cosas malas y tristes es mejor olvidarse. Otras personas creemos que recordar es bueno; que hay cosas malas y tristes que no van a volver a suceder precisamente por eso, porque nos acordamos de ellas, porque no las echamos fuera de nuestra memoria.

Es el caso de la historia que vamos a contar aquí, algo que pasó en nuestro país hace ya veinticinco años, cuando todos éramos más jóvenes y muchos de los que están leyendo estas páginas ni siquiera habían nacido.
 No es una historia fácil de contar justamente por eso, porque nosotros mismos fuimos protagonistas, porque lo que pasó nos pasó a nosotros y no a otras personas, porque son cosas que vimos con nuestros ojos, que vivimos en nuestro cuerpo.
El 24 de marzo de 1976 hubo un golpe de Estado.

Un golpe de Estado es eso: una trompada a la democracia. Un grupo de personas, que tienen el poder de las armas, ocupan por la fuerza el gobierno de un país.

Toman presos a todos: al Presidente, a los diputados, a los senadores, a los gobernadores, a los representantes que el pueblo había elegido con su voto, y ocupan su lugar. Se convierten en dictadores. A los amigos los nombran intendentes, jueces, ministros, secretarios... así todo queda en familia. Se sienten poderosos y gobiernan sin rendirle cuenta a nadie.

Aunque, por supuesto, como no les gusta que los vean como a ogros, siempre explican por qué dieron el golpe. Por lo general dicen que es para "poner orden" en un "país desordenado". Sólo que ponen las cosas donde a ellos les conviene. Como no creen en la democracia, tampoco creen en la opinión de las personas. Son tan soberbios que consideran que los únicos que saben lo que le hace falta al país son ellos y nadie más que ellos. Pero como en realidad no saben, y tampoco tienen costumbre de pensar ni de reflexionar demasiado, terminan haciendo estropicios y siempre pero siempre dejan al país un poco o mucho peor de cómo estaba.

En esos casos, las Fuerzas Armadas, que recibieron las armas para defender a los ciudadanos en caso de ataques extranjeros, las usan para golpear la democracia.

Y ciertos grupos de civiles -los que no tienen ningún interés en los gobiernos democráticos- los incitan, los apoyan y los aplauden.

En la Argentina hubo varios golpes de Estado antes del que vamos a contar aquí. (...) No fueron todos iguales, ni se produjeron en iguales circunstancias, pero todos desconocieron la Constitución, todos fueron un mazazo a la democracia. Y los argentinos, atontados con tanto golpe, terminamos pensando que era más o menos normal que cada tanto llegaran unos tipos con tanques y ametralladoras y se instalaran en la Casa Rosada.

Pero ninguno de esos golpes puede compararse con el que recordamos hoy, (...) Lo de 1976 y lo que sucedió después fue lo peor que nos haya pasado jamás en toda nuestra historia. (...).

Esta vez las Fuerzas Armadas en su conjunto se habían puesto de acuerdo para cortar de un hachazo el sistema constitucional. El "Órgano Supremo" que se hizo cargo del gobierno -a los golpistas les encantan las palabras altisonantes- era una Junta: estaba integrada por un general -Jorge Rafael Videla-, un almirante -Eduardo Emilio Massera y un brigadier -Orlando Ramón Agosti-.

Los tres de perfecto acuerdo, los tres detrás de un único objetivo -o al menos era eso lo que decían en los discursos-: derrotar a la subversión, aniquilar la guerrilla.
A río revuelto
Ese asunto de la subversión fue lo que usaron siempre para justificar lo que siguió, todos los horrores a los que vamos a tener que referirnos. Era un buen argumento en esa época porque el último año y medio había sido caótico y violento y la gente andaba bastante desorientada. Los precios habían estado subiendo día a día. Los diarios traían todos los días noticias de enfrentamientos feroces entre distintos grupos, de huelgas, de asesinatos. Isabel Perón - vicepresidente y heredera de la presidencia después de la muerte de su esposo, Juan Domingo Perón- no conseguía tomar las riendas de ese país tan convulsionado, y, más que gobierno, los argentinos sentían que había un desgobierno. Eran días en los que todo parecía estar fuera de control. Eso hizo que una gran parte de la población, los que confían siempre en que las "manos duras" arreglen las cosas, le diera la bienvenida al golpe. Fueron muy pocos los que levantaron la voz de protesta. (...).

Tolerar al que piensa diferente, al que tiene otro modo de vivir o de ver las cosas, siempre es difícil. (...) Pero las sociedades son grupos muy complejos, donde conviven muchas ideas, muchas costumbres y muchas tendencias. Algunos argentinos esperan ciertas cosas de la vida, y otros, otras. Algunos creen que las cosas se arreglarían de este modo, y otros, de este otro. Lo que a algunos beneficia a otros, a veces, los perjudica. Vivir en democracia significa vivir con el otro - a veces con el adversario, con el que está parado en otro lado y tolerarlo. Pelear, discutir, enfrentarse, pero tolerarlo.

Claro que, para discutir y tolerar, es necesaria cierta calma, determinado estado de ánimo, y ésas eran épocas muy agitadas, donde pocos parecían dispuestos a detenerse a pensar o a negociar soluciones. Todas las peleas eran peleas a muerte.

La guerrilla (...) Eran grupos armados clandestinos -secretos- que aspiraban a tomar el poder. Estaban integrados por hombres y mujeres jóvenes por lo general - a veces adolescentes- (...) que se sentían indignados por las injusticias de la sociedad y creían en la posibilidad de dar vuelta las cosas.

No eran los únicos. Por esos años había un gran deseo de cambio en todo el mundo. (...) Muchos hombres y mujeres habían tomado conciencia de vivir en un mundo injusto y lo cuestionaban todo: la distribución de la riqueza, el que hubiera ricos muy ricos y pobres muy pobres, el hecho de que algunos países dominaran a otros y los manejaran a su antojo, y, en general, el autoritarismo de los que manejaban el poder, lo que se llamaba el sistema, el modo en que estaban ordenadas -por la fuerzatodas las cosas. Había grupos, grandes grupos, que opinaban que había llegado el momento de cambiar. Y que trabajaban para que ese cambio por fin se produjera.

Pero el sistema, por supuesto, resistía. Y algunos se convencieron de que el único modo de cambiar las cosas que funcionaban mal era mediante la fuerza; se hicieron guerrilleros, empuñaron armas. Los guerrilleros ansiaban la revolución y no creían en los políticos. Decían que sólo con la "violencia de abajo" se podía derrotar la violencia de arriba", la del sistema. (...).

Las organizaciones guerrilleras no duraron mucho, apenas unos diez años. (...) Para comienzos de 1976, la época del golpe, los guerrilleros ya estaban muy debilitados. (...) Y, sin embargo, los golpistas nunca se sacaron la palabra "guerrilla" de la boca, hicieron lo que hicieron hablando siempre de guerra y de guerrilla, como si, del otro lado, hubiese habido un ejército poderoso y equivalente. Pero en realidad no era así. (...) Los golpistas llamaron "guerrillero" y "subversivo" a todo el que no les pareciese dispuesto a plegarse a ese plan oficial y terrible (...) Para aniquilar a los enemigos y "poner en caja" a toda la sociedad los golpistas tenían un estilo, el del cuartel, y un método, el del terror.

Como militares que eran lo militarizaron todo e hicieron que los civiles nos sintiéramos soldados. El país entero se convirtió en un gran cuartel, y en los cuarteles, ya se sabe, hay mucho grito y poca oreja: órdenes, consignas, y la sociedad, calladita, obediente, y sin poder hacerse oír. Más que gobernar mandaban, decretaban, vigilaban, censuraban, acallaban, recortaban, uniformaban todo.
http://vignette3.wikia.nocookie.net/literatura/images/c/c8/Graciela_Montes.jpg/revision/latest?cb=20120705163905&path-prefix=esGraciela Montes nació el 18 de marzo de 1947 en Buenos Aires, Argentina.
En el año 1971 se recibió Profesora en Letras, estudios que cursó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.
Durante más de 20 años trabajó en el Centro Editor de América Latina, donde dirigió la colección de literatura infantil “Los cuentos del Chiribitil”. Allí se desempeñó como correctora, secretaria de redacción, traductora, editora y directora de la colección.
Fue miembro fundador de ALIJA (Asociación Argentina de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina) y cofundadora y codirectora de la revista cultural "La Mancha", papeles de literatura infantil y juvenil durante sus dos primeros años.
Obtuvo el Premio Lazarillo en 1980, y fue nominada candidata por la Argentina al Premio Internacional Hans Christian Andersen en 1996, 1998 y 2000. 
En 1999 ganó el premio Pregonero de Honor, y en el 2004 obtuvo un diploma de la Fundación Konex en la categoría "Literatura Infantil".

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