Fragmentos del libro “El golpe y los chicos” de Graciela Montes Editorial: Gramón-Colihue
Fecha original del artículo: Marzo de 2001
Algunas personas piensan
que de las cosas malas y tristes es mejor olvidarse. Otras personas
creemos que recordar es bueno; que hay cosas malas y tristes que no van a
volver a suceder precisamente por eso, porque nos acordamos de ellas,
porque no las echamos fuera de nuestra memoria.
Es el caso de la historia
que vamos a contar aquí, algo que pasó en nuestro país hace ya
veinticinco años, cuando todos éramos más jóvenes y muchos de los que
están leyendo estas páginas ni siquiera habían nacido.
No
es una historia fácil de contar justamente por eso, porque nosotros
mismos fuimos protagonistas, porque lo que pasó nos pasó a nosotros y no
a otras personas, porque son cosas que vimos con nuestros ojos, que
vivimos en nuestro cuerpo.
Graciela Montes nació el 18 de marzo de 1947 en Buenos Aires, Argentina.
En el año 1971 se recibió Profesora en Letras, estudios que cursó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.
Durante más de 20 años trabajó en el Centro Editor de América Latina, donde dirigió la colección de literatura infantil “Los cuentos del Chiribitil”. Allí se desempeñó como correctora, secretaria de redacción, traductora, editora y directora de la colección.
Fue miembro fundador de ALIJA (Asociación Argentina de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina) y cofundadora y codirectora de la revista cultural "La Mancha", papeles de literatura infantil y juvenil durante sus dos primeros años.
Obtuvo el Premio Lazarillo en 1980, y fue nominada candidata por la Argentina al Premio Internacional Hans Christian Andersen en 1996, 1998 y 2000.
El 24 de marzo de 1976 hubo un golpe de Estado.
Un
golpe de Estado es eso: una trompada a la democracia. Un grupo de
personas, que tienen el poder de las armas, ocupan por la fuerza el
gobierno de un país.
Toman
presos a todos: al Presidente, a los diputados, a los senadores, a los
gobernadores, a los representantes que el pueblo había elegido con su
voto, y ocupan su lugar. Se convierten en dictadores. A los amigos los
nombran intendentes, jueces, ministros, secretarios... así todo queda
en familia. Se sienten poderosos y gobiernan sin rendirle cuenta a
nadie.
Aunque,
por supuesto, como no les gusta que los vean como a ogros, siempre
explican por qué dieron el golpe. Por lo general dicen que es para
"poner orden" en un "país desordenado". Sólo que ponen las cosas donde a
ellos les conviene. Como no creen en la democracia, tampoco creen en
la opinión de las personas. Son tan soberbios que consideran que los
únicos que saben lo que le hace falta al país son ellos y nadie más que
ellos. Pero como en realidad no saben, y tampoco tienen costumbre de
pensar ni de reflexionar demasiado, terminan haciendo estropicios y
siempre pero siempre dejan al país un poco o mucho peor de cómo estaba.
En
esos casos, las Fuerzas Armadas, que recibieron las armas para defender
a los ciudadanos en caso de ataques extranjeros, las usan para golpear
la democracia.
Y
ciertos grupos de civiles -los que no tienen ningún interés en los
gobiernos democráticos- los incitan, los apoyan y los aplauden.
En
la Argentina hubo varios golpes de Estado antes del que vamos a contar
aquí. (...) No fueron todos iguales, ni se produjeron en iguales
circunstancias, pero todos desconocieron la Constitución, todos fueron
un mazazo a la democracia. Y los argentinos, atontados con tanto golpe,
terminamos pensando que era más o menos normal que cada tanto llegaran
unos tipos con tanques y ametralladoras y se instalaran en la Casa
Rosada.
Pero
ninguno de esos golpes puede compararse con el que recordamos hoy,
(...) Lo de 1976 y lo que sucedió después fue lo peor que nos haya
pasado jamás en toda nuestra historia. (...).
Esta
vez las Fuerzas Armadas en su conjunto se habían puesto de acuerdo para
cortar de un hachazo el sistema constitucional. El "Órgano Supremo"
que se hizo cargo del gobierno -a los golpistas les encantan las
palabras altisonantes- era una Junta: estaba integrada por un general
-Jorge Rafael Videla-, un almirante -Eduardo Emilio Massera y un
brigadier -Orlando Ramón Agosti-.
Los
tres de perfecto acuerdo, los tres detrás de un único objetivo -o al
menos era eso lo que decían en los discursos-: derrotar a la subversión,
aniquilar la guerrilla.
A río revuelto
Ese
asunto de la subversión fue lo que usaron siempre para justificar lo
que siguió, todos los horrores a los que vamos a tener que referirnos.
Era un buen argumento en esa época porque el último año y medio había
sido caótico y violento y la gente andaba bastante desorientada. Los
precios habían estado subiendo día a día. Los diarios traían todos los
días noticias de enfrentamientos feroces entre distintos grupos, de
huelgas, de asesinatos. Isabel Perón - vicepresidente y heredera de la
presidencia después de la muerte de su esposo, Juan Domingo Perón- no
conseguía tomar las riendas de ese país tan convulsionado, y, más que
gobierno, los argentinos sentían que había un desgobierno. Eran días en
los que todo parecía estar fuera de control. Eso hizo que una gran
parte de la población, los que confían siempre en que las "manos duras"
arreglen las cosas, le diera la bienvenida al golpe. Fueron muy pocos
los que levantaron la voz de protesta. (...).
Tolerar
al que piensa diferente, al que tiene otro modo de vivir o de ver las
cosas, siempre es difícil. (...) Pero las sociedades son grupos muy
complejos, donde conviven muchas ideas, muchas costumbres y muchas
tendencias. Algunos argentinos esperan ciertas cosas de la vida, y
otros, otras. Algunos creen que las cosas se arreglarían de este modo, y
otros, de este otro. Lo que a algunos beneficia a otros, a veces, los
perjudica. Vivir en democracia significa vivir con el otro - a veces
con el adversario, con el que está parado en otro lado y tolerarlo.
Pelear, discutir, enfrentarse, pero tolerarlo.
Claro
que, para discutir y tolerar, es necesaria cierta calma, determinado
estado de ánimo, y ésas eran épocas muy agitadas, donde pocos parecían
dispuestos a detenerse a pensar o a negociar soluciones. Todas las
peleas eran peleas a muerte.
La
guerrilla (...) Eran grupos armados clandestinos -secretos- que
aspiraban a tomar el poder. Estaban integrados por hombres y mujeres
jóvenes por lo general - a veces adolescentes- (...) que se sentían
indignados por las injusticias de la sociedad y creían en la posibilidad
de dar vuelta las cosas.
No
eran los únicos. Por esos años había un gran deseo de cambio en todo el
mundo. (...) Muchos hombres y mujeres habían tomado conciencia de vivir
en un mundo injusto y lo cuestionaban todo: la distribución de la
riqueza, el que hubiera ricos muy ricos y pobres muy pobres, el hecho de
que algunos países dominaran a otros y los manejaran a su antojo, y,
en general, el autoritarismo de los que manejaban el poder, lo que se
llamaba el sistema, el modo en que estaban ordenadas -por la
fuerzatodas las cosas. Había grupos, grandes grupos, que opinaban que
había llegado el momento de cambiar. Y que trabajaban para que ese
cambio por fin se produjera.
Pero
el sistema, por supuesto, resistía. Y algunos se convencieron de que el
único modo de cambiar las cosas que funcionaban mal era mediante la
fuerza; se hicieron guerrilleros, empuñaron armas. Los guerrilleros
ansiaban la revolución y no creían en los políticos. Decían que sólo con
la "violencia de abajo" se podía derrotar la violencia de arriba", la
del sistema. (...).
Las
organizaciones guerrilleras no duraron mucho, apenas unos diez años.
(...) Para comienzos de 1976, la época del golpe, los guerrilleros ya
estaban muy debilitados. (...) Y, sin embargo, los golpistas nunca se
sacaron la palabra "guerrilla" de la boca, hicieron lo que hicieron
hablando siempre de guerra y de guerrilla, como si, del otro lado,
hubiese habido un ejército poderoso y equivalente. Pero en realidad no
era así. (...) Los golpistas llamaron "guerrillero" y "subversivo" a
todo el que no les pareciese dispuesto a plegarse a ese plan oficial y
terrible (...) Para aniquilar a los enemigos y "poner en caja" a toda la
sociedad los golpistas tenían un estilo, el del cuartel, y un método,
el del terror.
Como
militares que eran lo militarizaron todo e hicieron que los civiles nos
sintiéramos soldados. El país entero se convirtió en un gran cuartel, y
en los cuarteles, ya se sabe, hay mucho grito y poca oreja: órdenes,
consignas, y la sociedad, calladita, obediente, y sin poder hacerse oír.
Más que gobernar mandaban, decretaban, vigilaban, censuraban,
acallaban, recortaban, uniformaban todo.
Graciela Montes nació el 18 de marzo de 1947 en Buenos Aires, Argentina. En el año 1971 se recibió Profesora en Letras, estudios que cursó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.
Durante más de 20 años trabajó en el Centro Editor de América Latina, donde dirigió la colección de literatura infantil “Los cuentos del Chiribitil”. Allí se desempeñó como correctora, secretaria de redacción, traductora, editora y directora de la colección.
Fue miembro fundador de ALIJA (Asociación Argentina de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina) y cofundadora y codirectora de la revista cultural "La Mancha", papeles de literatura infantil y juvenil durante sus dos primeros años.
Obtuvo el Premio Lazarillo en 1980, y fue nominada candidata por la Argentina al Premio Internacional Hans Christian Andersen en 1996, 1998 y 2000.
En 1999 ganó el premio Pregonero de Honor, y en el 2004 obtuvo un diploma de la Fundación Konex en la categoría "Literatura Infantil".

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